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Combinación de escritos e imágenes, palabras y esbozos, o, al fin y al cabo, letras y trazos. Textos variados con sus respectivos dibujos de aquello que evocan. Aquí encontraréis aproximadamente cada semana una dosis de ideas y sensaciones, un intento de transmitir nuestra visión de la realidad, o de hecho, nuestra ficción.

martes, 23 de julio de 2013

Historia de un idiota cualquiera

Esta es la historia de un idiota cualquiera. De hecho podría tratarse del propio lector, o incluso, del abajo firmante. Pero no es el caso. El idiota de nuestra historia era el paciente de un psicólogo amigo de un primo lejano mío, de esos que te encuentras en bodas y en bautizos, y que en una de estás me contó esta divertida anécdota que he decidido pasar a papel para que no se pierda y así todos podamos aprender algo de ella.


Pues bien, nuestro idiota, que ya nació con tal triste condición, llegó a la edad de trece años sin que su idiotez le marcara demasiado, ya que a esas edades no se distingue mucho de la niñez. Le gustaba jugar a fútbol y sucedió que un día en un partido de importancia discutible pero que él se tomaba muy enserio recibió un balón directo a su entrepierna, con una fuerza que dejó en vilo a los pocos espectadores, que mantuvieron el aliento hasta que el chico se tiró al suelo con las manos en el pantalón. Entonces se oyó la sentencia que tuvo que condenarlo ya que entre el público, uno de los padres de un compañero dijo:
-De ésta se queda estéril.

Pasaremos ahora rápido por la adolescencia del muchacho. Al igual que antes, su idiotez pudo camuflarse con la pubertad y no destacó demasiado, pero llevaba una carga que lo marcaría de por vida. Desde el día del partido, no volvió a jugar a fútbol, y vivió convencido de que se había quedado estéril. Poco a poco la edad hizo que empezara a sucumbir a los impulsos que lleva consigo. Pero él cada vez que se masturbaba, sabía que los espermatozoides que contenía el semen que eyaculaba eran inertes, muertos. Y entonces le invadía una gran tristeza y vacío interior al recordar el fatídico día.

Siguió creciendo, pasó la universidad y a pesar de su idiotez encontró un buen trabajo que podía usar como argumento en contra si alguien osaba llamarlo idiota. Tuvo algunos ligues, incluso alguna novia formal, pero nadie como la que iba a ser su primera mujer. Se conocieron en una fiesta de trabajo en la que un compañero suyo trajo a su hermana, que acabó enamorándose de nuestro entrañable idiota. No le importó su condición, de hecho ni se dio cuenta al principio ya que todos sabemos que en general la idiotez no es ningún inconveniente en asuntos de amor.

Después de diez meses de noviazgo decidieron casarse. Nada sabía ella de su tara reproductiva y él se sentía culpable cada vez que hacían el amor. Se lo confesó la noche de bodas y aunque para ella fue una decepción, al rato se lo perdonó e incluso se lo tomó con humor al decirle:
-Bueno, así ahorraremos en condones.

Pasaron algunos meses, tres para ser exactos, y llegó la noticia. Su mujer estaba embarazada. Tan sólo había una explicación, le había sido infiel, y además sin protección. La mujer negó ambas cosas rotundamente, pero la semilla de la duda ya estaba plantada. Sintiéndose así engañado y con el ego por los suelos debido a que él nunca podría dar a ninguna mujer lo que la suya se había buscado por otro lado, acabó culpándose a sí mismo, hasta que encontró a otra. Pero qué cruel es el destino, pues hizo que la historia se repitiese, no dos, sino tres veces, con sus respectivos niños. Tres exmujeres con sus tres hijos bastardos. 

Con la tercera ruptura decidió acudir a un psicólogo para recobrar el ánimo que había perdido, y recuperar lo que pudiera de su corneada autoestima. El psicólogo, amigo como recordaréis de mi primo, que con dos sesiones de hora y media pagadas en efectivo, ya se había dado cuenta de la idiotez del sujeto, y le preguntó que cuándo supo que era estéril a lo que nuestro protagonista respondió con la ya contada historia del partido y su balón espematocida. El psicólogo, como buen profesional, esperó a dos sesiones más, debidamente pagadas, para proponerle que se hiciera las pruebas y comprobara si era o no era como él decía, eunuco.


Y así se hizo, al que a estas alturas ya podemos llamar amigo, las pruebas que negaron sus infundadas sospechas de esterilidad. Contento a la vez que confundido, decidió que debía corregir su error. Volvió a hablar con las sorprendidas exmujeres que respondieron con poco entusiasmo y aunque algo reticentes a creer lo que su exmarido les decía acabaron cediendo a su voluntad de enmendar el pasado y dejar que el supuesto padre se reencontrara con sus hijos perdidos. El pobre idiota, entusiasmado por el hecho de ser padre, no se fijó en que dos de los niños eran negros, y el otro, asiático.

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