Descripción del blog

Combinación de escritos e imágenes, palabras y esbozos, o, al fin y al cabo, letras y trazos. Textos variados con sus respectivos dibujos de aquello que evocan. Aquí encontraréis aproximadamente cada semana una dosis de ideas y sensaciones, un intento de transmitir nuestra visión de la realidad, o de hecho, nuestra ficción.

lunes, 28 de julio de 2014

La muerte y otros personajes de ficción

Creo que es de justicia que llegados a este punto les cuente cómo conocí a la Muerte. Hace ya cinco años de aquello, pero esas experiencias quedan grabadas en la memoria como tatuajes. Poco podía imaginarme que cuando esa mañana de noviembre llamaron a la puerta, sería la Muerte quien apretaba el timbre. Me llevé un susto de muerte.
Mirar cara a cara a la Muerte es una experiencia estremecedora. Aunque no la hayas visto nunca, de inmediato sabes que es ella. La guadaña y la cara esquelética ayudan, claro. Pero hay algo más en esos ojos azules como el hielo, si el hielo fuera azul, que transmiten a través de un escalofrío esa sensación de que ha llegado tu hora. 
Hay muchas formas de reaccionar a la Muerte. Con el tiempo vas aprendiendo que la más sensata es la resignación. Empezar a gritar e intentar huir solo empeora las cosas, porque le complicas la faena y ya tiene suficiente con tener un trabajo de mierda como para ir persiguiendo a idiotas que no aceptan su destino.
Como es evidente, yo me puse a correr y gritar como alma que lleva el diablo y en menos de diez segundos ya estaba en el suelo. Así que la lección es, si os encontráis con la Muerte no huyáis, no sirve de nada, lleva muchos años en el negocio y corre más que vosotros. 
Resulta que por protocolo antes de morir, debe preguntarte por tu nombre. Así que una vez me hube calmado un poco e invitarla a un té o café dijo que no tenía tiempo y preguntó:
- ¿Eres tú Juan Viláez Carmona nacido en Calafell?
- No.
- Vamos tío no seas coñazo. Tengo mucho trabajo por delante y no puedo perder el tiempo.
- Que no, enserio. Yo nací en Barcelona. Debes tenerlo mal apuntado.
- Mierda ¿Seguro que no me mientes eh?
Acto seguido le di mi DNI donde dice claramente que nací en Barcelona. Se quedó extrañada y sacó un teléfono de algún bolsillo escondido.
- Oye Pedro, que pone que Juan Viláez Carmona es de Calafell y el de aquí es de Barcelona ¿Puedes comprobármelo? ¿Hay dos dices? ¿Joder pero no vivía aquí el de hoy a las diez y cinco? Vale, vale. No voy a llegar al siguiente. No hombre que tienes mucho trabajo. De verdad, tranquilo, ahora me las apaño. Perfecto, buena idea. Venga. Hasta luego.
Mientras hablaba por teléfono pasaban miles de imágenes por mi cabeza. Por ejemplo pensé en mi madre, cómo se iba a enfadar si se enteraba que me moría así sin más, sin avisar. O en aquel monólogo de Woody Allen, en el que decía que cerca de morir le pasó toda la vida por delante, aunque al final resultó que era la vida de otro. Puto Woody. 
- Mira la cosa va así. Resulta que hay otro Juan Viláez Carmona y por algún extraño motivo se han confundido al darme la dirección. Así que estás de suerte. Era el otro el que debía morir. El problema es que voy fatal de tiempo. Tengo una muerte en Valencia dentro de media hora y voy tarde. Tendrás que hacerme un favor. Te doy la dirección del otro Juan y lo matas por mí. Sé que es un marrón pero imagina por lo que paso yo cada día. Piensa que el tío ya está muerto, tú solo tienes que tramitarlo ¿De acuerdo?
- Bueno, bien. Qué remedio.
- Perfecto. Mira te dejo una parca y una guadaña que tengo aquí de repuesto. Sé que es un engorro pero el jefe se pone muy pesado con lo del uniforme.
Sé lo que están pensando. Que podía decir que no, que aquello no iba conmigo y que el problema era suyo. Pero piénsenlo un segundo. Decirle que no a la muerte es de héroes en novelas clásicas. Yo era un chaval que acababa de cumplir los veintitrés. Vamos, que no tenía cojones a decirle que no, ni creo que los tuvieran ustedes si la vieran ahí sentada en su sofá, con guadaña y todo.
Me dio la dirección que estaba a unas cinco paradas en metro y me dirigí hacia allí. No tenía ni idea de como hacerlo. Pensé en matarlo directamente sin decir nada, coger algún cuchillo o cuerda y al lío, pero era muy brusco, no era propio de gente civilizada. Igual hablando con él y explicándole la situación lo entendía y… No, no creo. Decidí ir improvisando.
Llegué al piso y subí hasta el cuarto primera. Llamé al timbre. Esperé. Parecía que no había nadie en casa, pero al intentar abrir la puerta vi que ésta cedía. Entré dentro y me dio aprensión encender la luz, así que forcé la vista hasta encontrar un lugar donde sentarme. No tenía pensado ponerme el uniforme pero pasaban los minutos y me aburría esperando. Finalmente me decidí, aunque fuera para matar el tiempo. Cuando me ajustaba la capucha oí la puerta abrirse. Me incorporé por acto reflejo y vi como el otro Juan encendía la luz a tiempo para verme a mí, vestido de parca, en medio de su comedor. No se lo creerán pero murió del susto. Un ataque al corazón, un infarto. En un minuto caía fulminado al suelo. Sé que no está bien decirlo y menos en circunstancias como éstas, pero me alegré. Me había quitado un muerto de encima. 
Cuando bajé a la calle me sentí un poco desorientado. No sabía qué debía hacer ahora. Seguir con mi vida normal me parecía egoísta después de lo sucedido. Iba a necesitar mucha terapia para superar aquello, justo ahora que había superado lo de los tics. Noté como la gente empezaba a mirarme por la calle, con cejos fruncidos y niños que se agarraban más a sus padres al pasar por mi lado. Entonces me di cuenta, aún llevaba el uniforme. Me lo quité y lo guardé en la mochila como recuerdo.
Unas horas después, cuando llegué a casa, apenas cinco minutos después de entrar, estaba a punto de ir a la ducha cuando llamaron al timbre. Y por segunda vez en el mismo día apareció la Muerte en el rellano de mi casa.
- ¿Eres tú Juan Vilaez Carmona nacido en Barcelona?
- ¿Qué? ¡No me jodas! ¿Yo también muero hoy? ¡He hecho lo que me has pedido!
Soltó una tétrica carcajada y dijo:
- ¡Es broma hombre! Tengo libre y estaba por aquí, así que he decidido pasarme para agradecerte lo de antes ¿Te apetece ir a tomar unas birras?
Y así es como no solo conocí a la Muerte sino que nos hicimos amigos. A pesar de que va muy liada al menos una vez al mes, cuando tiene un hueco, quedamos para tomar algo y ponernos al día. Sí, se lo he preguntado más de una vez pero no ha querido decírmelo. Dice que en la vida hay dos cosas que es mejor no saber. El día en que morirás y de qué están hechos los kebab.

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