Descripción del blog

Combinación de escritos e imágenes, palabras y esbozos, o, al fin y al cabo, letras y trazos. Textos variados con sus respectivos dibujos de aquello que evocan. Aquí encontraréis aproximadamente cada semana una dosis de ideas y sensaciones, un intento de transmitir nuestra visión de la realidad, o de hecho, nuestra ficción.

jueves, 7 de agosto de 2014

Retratos

Esperamos que estéis disfrutando del verano. Como sabéis, en Letrazos nos gusta probar cosas nuevas, así que os traemos una nueva propuesta de post ¿Qué alegría verdad? 
Al leer,  muchas veces ponemos rostro a personajes que no nos describen físicamente. Con estos post queremos jugar con ello. A partir de un relato sobre algún personaje, Joana ha hecho un dibujo sobre él. Queremos que vosotros mismos os lo imaginéis y después echéis un vistazo al dibujo para ver si se parece al que vuestra imaginación ha creado, o por el contrario no se parece en nada. Si nos dejáis un comentario sobre ello estaremos muy contentos.


Hay veces en que un hombre con las arrugas dispuestas en un orden concreto, un gesto involuntario o el uso de una palabra ya olvidada por los jóvenes, me recuerdan a mi tío abuelo Marco. Marco era uno de esos hombres que podía decir orgulloso que se había hecho a sí mismo. Que había recorrido los senderos de su vida sin vacilar y si alguna vez los encontraba tapiados, siempre conseguía dar con un atajo o un resquicio por el que seguir. Era el abuelo que se sentaba en los bancos de los parques ansioso de que alguna víctima despistada, un oyente potencial de sus aventuras, se sentara a su lado. Claro, que visto así y con estos elogios deben imaginar que era un hombre modélico, un ejemplo a seguir. No quisiera yo que cayesen en el error de admirarlo por la devoción que le tuve de joven y que puede empañar este texto de una subjetiva sensiblería hacia el sujeto. A mí me gustaba porque era divertido y siempre fui su favorito, pero aún así era un capullo. Sé que cuesta ahora, añadir a la imagen de hombre mayor curtido y afable que se habían forjado, estos atributos. Pero no debemos dejarnos llevar por el respeto que las personas de edad avanzada nos pueden causar, ya que es engañoso y como me ha enseñado la experiencia, los abuelos también pueden ser idiotas, imbéciles o gilipollas. Hay características que ni los años olvidan, ni las arrugas disimulan, y Marco era un abuelete muy cabrón.

Le recuerdo sobre todo por la historia sobre uno de sus hermanos, que solía contarme como lección de vida. Sentado en su sillón orejero de su piso en el centro, de una decoración atascada en el tiempo que no había cambiado en años, riendo entre dientes, empezaba su coloquio. Lo hacía como el que sabe que le escuchan, no por sabio, sino por viejo. Contaba que cuando él tenía catorce años y uno de sus hermanos, veinte, acaeció que el susodicho llegó a casa sudoroso y turbado. Marco, sabía que estaba saliendo con una chica de catorce años. Añadía, también, que su hermano no era lo que podría calificarse de lumbrera. Era más bien tonto, corto, idiota o como se prefiera definirlo sin ofender a su memoria. El caso es que el chaval era de pocas luces y llegó a casa cerrando la puerta tras de sí mientras desde la calle, con el balcón abierto, se oían los gritos de su padre. Por lo que pudo interpretar de ellos, el padre se había enterado de la relación con la chica, y no solo eso, sino que al parecer sabía también que la había dejado embarazada. Y llegó el fatídico momento en que el adúltero salió al balcón para afrontar el bochorno al que le estaba exponiendo el padre, cuando de pronto éste le gritó que bajara inmediatamente. Dicho y hecho, en menos de tres segundos estaba abajo. Había dejado el balcón en caída libre. Desde un quinto. La gente especuló si fue porque el chaval no supo reaccionar y vio el suicidio como única vía de escape ante su desesperada situación, o que simplemente era idiota. En todo caso hizo lo que su padre le pidió. Marco, que añadía mil detalles más a la narración, llena de improperios e insultos hacia su fallecido hermano, terminaba la historia con una moraleja. Al final, decía, en la vida no se trata de ser más o menos listo; sino de no ser el imbécil que salta desde un quinto piso.

El destino tiene una macabro sentido del humor con el que gastar bromas a la vida, y en una de éstas Marco murió al caer desde una ventana de su piso en el centro al intentar matar un mosquito. Era un sexto.  


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